Vida de perros

Es cierto que me caen bien los humanos, que mi favorito es mi amo, pero esta situación se vuelve insostenible.

Desde tiempos inmemoriales hemos formado parte de la vida de los seres humanos. Los primeros lobos vieron en ellos un grupo bastante torpe, incapaz de sobrevivir a los cambios de temperatura y extremadamente blando. Basta la espina de una rosa para que sangren por horas, días, o acaben sus vidas en un hospital de París. No obstante, los primeros lobos decidieron (por lástima, principalmente) iniciar una relación bastante tóxica con el homo sapiens… Y ahí vamos.

La rutina

Mi amo despertaba a eso de las seis de la mañana. Después de darme de comer me sacaba a trabajar. Durante unos quince minutos me veía obligado a marcar el territorio cada cinco metros para que las bestias salvajes se mantuvieran a raya en el barrio.

Después recogía mis heces en una bolsita plástica, me esforzaba siempre en hacer más de una vez porque parece que nuestra caca es muy valiosa para el homo sapiens, las acumulan en sus bolsitas dentro de una bolsa más grande que transportan en camiones de seguridad, custodiados por cuatro o hasta seis hombres. En algún lugar debe haber una enorme bóveda donde acumulan las excrecencias del día a día, de años de esfuerzo nuestro, encorvados sobre un andén o un antejardín.

Luego el amo se iba a trabajar. Me pasaba todo el día deambulando por el apartamento, acostándome aquí y allá, suspirando, cantando a todo pulmón, durmiendo y soñando una de mis secuencias favoritas: el amo y yo corremos por un campo inmenso lleno de mariposas y el viento es frío y no hay carros, ni motos, ni esos ruidos infernales… como esa vez que fuimos a la montaña cuando era cachorro, esa vez que tuve fiebre dos días porque me atacaron las garrapatas.

El encierro

Desde hace tres lunas el amo sale muy poco de la casa. Es como cuando lo dejó esa hembra de los ojos grandes (su nombre quedó prohibido en esta casa) que venía a visitarlo todos los días y que a mí me rascaba la panza con sus uñas largas y bien cuidadas. Pero diferente, claro, esa vez estaba medio apendejado y deprimía todo el lugar… Como cuando los panas del barrio y yo aullamos, pero con menos buena onda. Fumaba, bebía, lloraba, llamaba por teléfono y contaba la misma historia una y otra y otra vez.

Yo siempre estaba tranquilo porque la voz del amo me gusta, aunque cuando está así todo tristón como que me dan ganas de gemir y pues hay que ser alfas o por lo menos aparentarlo.

Ahora el amo se la pasa acá metido y tampoco se baña como esa vez, pero anda menos pendejo. Me sigue sacando a patrullar el barrio aunque hay menos gente y cuando pasa algún vecino el ambiente se pone denso. Y la ronda se volvió más larga, parece que ahora el amo teme un ataque o algo, porque me lleva hasta tres cuadras más allá y yo marque y marque territorio…

Se la pasa viendo películas y yo me le echo al lado y como que hago buen ambiente, como que me emociono y le bato la cola y él lanza la pelota y yo voy por ella… No es que me den muchas ganas, pero pues me preocupa que el amo se vuelva loquito como la última vez y vuelva a fumar y a poner Radiohead y no el rock ochentero que pone ahora por las mañanas. O que le dé por tratar de incendiar la casa como cuando se puso a quemar fotos y “recuerdos” de… de esa mujer.

El futuro

Yo estoy cansado. Por las mañanas me planto junto a la puerta y me sacan a trabajar. Salir está bien, pero yo lo que intento decirle al amo es que salga él solo, que vaya a ese lugar al que se iba contento por las mañanas y del que regresaba amargado o triste para que yo lo alegrara con mis travesuras y bromitas, como esa vez que intenté arremedarlo y me hizo un video con el celular.

Pero me gusta eso, la espontaneidad, de un mes para acá me ha sacado como 800 fotos y me hace videos durmiendo, tomando el sol, jadeando, yendo por la pelota, saltando,  llevando el ritmo de las canciones de Depeche Mode. En serio necesito mi espacio, no nos entendemos como antes. Además está gordo y eso de afeitarse la cabeza no le luce, parece un bebé gigante y él sabe que odio a los bebés.

Tal vez unas vacaciones, como cuando salía con ya sabemos quién y se iban una semana en su auto y me dejaban en el spa donde siempre conocía unos amiguetes nuevos y nos olfateábamos y montábamos a gusto. En serio extraño esos días. Ya le dejé una sorpresa en el piso de la cocina. Mañana cuando se despierte, podrá llevarlo a la bóveda y cambiarlo por billetes o monedas para pagarse unos pasajes a la playa o algo así.

No me malinterpreten. El amo es mi mejor amigo, pero necesitamos un ‘break’, un tiempo a solas para conocernos mejor.

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