Un viaje a través del tiempo

Hace 25 años y 14 días se estrenó una de mis películas favoritas: Volver al futuro. Resumida de forma burda: Marty McFly (Michael J. Fox) viaja al pasado en una máquina del tiempo (DeLorean) inventada por Emett “Doc” Brown (Christopher Lloyd)… y “pasan cosas locas”. ¿Por qué a algunos humanos nos obsesionan los viajes en el tiempo?

El tiempo

Partamos de un punto importante que no debe perderse de vista durante la lectura de este texto: no soy físico, tampoco filósofo. Soy escritor de ficciones. En los actos comunicativos es bueno que nos acostumbremos a identificar quién es el interlocutor para que no terminemos siguiendo consejos médicos de un político o política cuyo mayor logro consista en haber comprado su puesto en el gobierno “democrático”. Ahora bien, como escritor de ficciones afirmo que el tiempo es una obsesión humana.

Podríamos decir que estamos hechos de tiempo, que somos tiempo, pero también podemos estar en el tiempo. Si imaginamos el tiempo como una línea sobre la que nos desplazamos, nacimos en el pasado, estamos en el presente y nos dirigimos hacia el futuro. Las cosas que hice “ya fueron”, esto que escribo está “siendo” y las cosas que “haré” solo existen en mi imaginación durante este instante… o serán consecuencia de lo que estoy haciendo y serán inevitables.

Vida y muerte

El tiempo está atado a otras obsesiones humanas: la vida y la muerte. No escogemos nacer, la vida nos escoge a nosotros y el tiempo comienza a correr desde la concepción en el útero para terminar con nuestro cuerpo bajo tierra en un ataúd, o sobre ella en forma de cenizas (pensando en los ritos más comunes de lo que sucede con los cuerpos una vez se les acaba el tiempo). La vida es finita, el tiempo parece infinito, no así nuestro ser tiempo o estar en él.

Es posible que a eso se deba la obsesión con el tiempo, a nuestra preocupación por la finitud de la vida o el miedo a la muerte. De modo que eso hace doblemente atractiva la idea que nos ofrece una parte de la ciencia ficción: los viajes en el tiempo.

El presente

Actualmente estamos confinados por causa de una pandemia de Covid-19, un virus de baja mortandad (aparente) en humanos saludables, pero de contagio excesivamente fácil, razón por la que colapsan los sistemas de salud del mundo generando un caos que aumenta la posibilidad de morir por cualquier otra causa… Además, puede que no seamos “humanos saludables”, de todas formas.

Los días se volvieron todavía más rutinarios y cíclicos. Las películas de días-bucle son muy entretenidas, claro está, porque son días-bucle reales, es el mismo día en verdad, no aparente. La mayoría de las veces no hacemos las cosas no por falta de ganas sino por exceso de miedo a las consecuencias de nuestras acciones. Pero, generalmente, la responsabilidad obliga a dejar pasar esa idea de tener un día a lo Bill Murray en El día de la marmota.

“Los humanos nunca estamos conformes con lo que tenemos”, dice Cobra en el primer capítulo de Space Adventure Cobra, luego viajar al pasado o al futuro resultan posibilidades más interesantes que el presente, a pesar de lo que puedan decir los defensores y defensoras del mindfulness y su idea de “estar en el momento presente”.

El pasado

Esa inconformidad con el presente nos lleva a desear el pasado como una posibilidad de enmendar decisiones (consideradas “malas” en el presente) y evitar actos (considerados errores) que nos trajeron a este momento. Los humanos nos vemos siempre traicionados por el deseo. Deseamos algo y nos duele no tenerlo, pero cuando lo tenemos dejamos de desearlo y eso nos hace añorar el punto inicial, anterior al deseo mismo… O al menos eso creemos querer, que siempre hay una distancia amplia entre lo que queremos, lo que necesitamos y aquello que creemos querer o necesitar.

Viajar al pasado para “hacer trampa” con la información que tenemos de cómo sucedieron los acontecimientos. Evitarnos el dolor que nos produjo la muerte de un ser querido, ganar la lotería para ser millonarios, componer “Yesterday”, no perder al amor de nuestra vida. Viajar al pasado y gritarnos “¡Espera, no hagas eso!” y en ese momento recordar que el día que nos partimos un brazo jugando en el parque apareció de la nada un viejo loco a gritarnos que no empujáramos con tanta fuerza la rueda… pero no le hicimos caso.

El futuro

Entiendo las razones de hacer un viaje al futuro: en la versión “bonita” vamos a ver los avances sociales (un mundo sin discriminación de ninguna clase y sin guerras), los avances científicos (un mundo sin enfermedades y con los autos voladores que esperábamos para el 2000 pero nunca llegaron, y diez mil gadgets más); en la versión menos bonita, pero más realista, tal vez no haya nada para ver a consecuencia del cambio climático y demás. No obstante, el viaje al futuro debería estar prohibido, precisamente no por la posibilidad de llegar a un futuro de distopía posapocalíptica, sino por la de ir al futuro de avances “bonitos” para la humanidad.

Nos mueve el deseo y precisamente el Buda dijo hace tiempo que “el deseo es el origen del dolor”. Cuando un viajero va a al futuro “bonito”, regresa al presente con la cabeza dañada, no soporta la idea de no haber podido quedarse allí, de tener que vivir en su presente de –ismos (racismo, machismo, fascismo, etc.), de Covid-19, Iván Duque, Trump y cambio climático. El viajero pasará sus días envidiando el futuro armónico que visitó, pero que sólo existirá mucho después de que él haya muerto… Los celos le llevarán a arruinar el presente y quizás cambiar, para mal, el futuro.

Conclusión

Hace 25 años se estrenó volver al futuro y es tremenda película. Por el momento no poseemos máquinas del tiempo, ya ni siquiera fabrican autos DeLorean, pero seguimos teniendo películas, el arte es nuestra mejor opción para viajar en el tiempo… pero eso será tema de otro post. Mientras tanto continuaremos obsesionados (en mayor o menor grado) con los viajes en el tiempo.

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