Última parada

No soy ingenuo, las tumbas de los muertos son un símbolo, una codera donde amarrar el barco de la memoria.

Los domingos de este año tuvieron siempre una dosis más alta de ese sabor a nada que tienen los domingos, pero siempre logré salir de la cama temprano y subir al cementerio. En mi ciudad los difuntos descansan en una colina que unos creativos nombraron como “La Colina”, un sitio tranquilo con muchos árboles y pasto para que los vivos podamos descansar del concreto y la polución mientras visitamos a los muertos.

En la colina

El ritual era sencillo, ponía una lista de canciones tranquilas en el celular (usaba audífonos, no soy un maldito desgraciado), gafas oscuras para que no me reconocieran mis enemigos del más acá o del más allá, y me sentaba junto a la lápida de mi abuela materna a contarle un resumen de mi vida, de cómo iba la semana, de qué tan loco se estaba poniendo el mundo. En ocasiones incluía en mi relato a mi tío menor, cuyo nombre está tallado en la misma piedra.

Llevaba claveles rojos. Posiblemente escojo claveles para ser menos típico con eso de las rosas, posiblemente rojos porque mi ceguera de color me lleva a apreciar el rojo con mayor intensidad y algo de cariño. Nunca supe qué flores podrían haberle gustado a mi abuela (partió cuando yo tenía ocho meses de nacido), pero en el mundo de los muertos las decisiones se someten al imperio de los vivos.

Limpiaba la piedra, a veces la lavaba con agua y jabón. No soy ingenuo, entiendo que lo único que hay en ese lugar que hubiese pertenecido a mi abuela son el nombre en la lápida y una que otra muestra de ADN a tres metros de profundidad. Pero no me gustaba ver el sitio sucio, devorado por el pasto. Un día hice un molinete de viento para que adornara el espacio y los vecinos de la abuela, curiosos, supieran que ahora tenía una turbina de energía eólica.

Al igual que todo lo demás, las flores y el molinete fueron barridos por el tiempo.

Las despedidas

Después de mes y medio de encierro, recuerdo la última charla que tuve en mis meditaciones dominicales con mi abuela y mi tío ausentes. Hablamos de mi futuro, del virus que había llegado al país, de una serie de planes y propósitos que hoy ya no existen. Prometí que volvería al domingo siguiente, pero a pesar de que ahora todos los días tienen esas vibras de domingueras, no hemos llegado al domingo siguiente. Me fui con un “hasta pronto” y no he podido volver.

Y así fue con todo. Nos fuimos como si nada un día y luego no pudimos volver. Nada nuevo, porque no es nuevo, crecer, envejecer, vivir, es precisamente eso, ir dejando atrás, no poder volver. Desde el útero, al patio de juegos, a la inocencia, a la silla plástica para niños en la que no pude volver a sentarme después de haber pasado en ella meses enteros jugando Super Nintendo, y así… Tal vez esa es la seguridad que producen las tumbas y los cementerios.

Hasta pronto, hasta luego, hasta nunca.

La realidad

En las noches en las que no puedo dormir bien, me gusta pensar en las posibilidades infinitas de realidades alternas a esta, quizás gasto tanto tiempo en eso que por eso no puedo dormir. (Vivir, en ocasiones, tampoco es una tarea tan fácil, ni antes ni ahora). Me gusta pensar en los muertos que recorren La Colina, chismoseando todo lo que los vivos vamos a contarles, burlándose de nuestros problemas de vivos y disfrutando el hecho de estar muertos.

Me gusta creer que cantan canciones, que bailan y se van de fiesta, ahora incluso de día, porque ya no hay quien les vea vagando por ahí. Esa imagen es un sinsentido, por supuesto, pero de qué sirven la noche y el insomnio, de qué sirve el techo blanco de la habitación sino para proyectar cualquier pendejada que venga a la imaginación.

Otras veces me pongo más realista con el asunto y pienso en cómo la hierba mala ha crecido y ocultado las tumbas, que el cementerio está descuidado y más triste que nunca. Me asusta esa idea de que la hierba cubra todo y que si algún día puedo volver a visitar el cementerio (vivo, claro está) sea imposible encontrar la tumba de la abuela.

Estaré en pie, sollozando entre la maleza, intentando arribar a ese lugar seguro, empañando las gafas por la incomodidad del tapabocas, completamente a la deriva… ¿Podrán conseguirse claveles rojos?

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