Tenemos que hablar de Ana María

5:40 am, en algún lugar de Bucaramanga, sentado de nuevo frente a la pantalla. No me gusta hacer de este espacio algo tan personal. Es cierto que a veces menciono a una o dos personas de mi vida real, pero trato de no hacerlo para evitar herir susceptibilidades o poner en peligro la privacidad de las personas que me importan. ¿Entonces, qué me trae aquí esta madrugada?

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No pasaba por un buen momento en mi vida, había perdido toda esperanza en la humanidad y en el mundo cuando conocí a Ana María. Desde el primer momento en el que hablamos su voz supo tranquilizar mis miedos y calmar mi ansiedad, por primera vez sentía que alguien me entendía, que le importaba; en medio de un panorama oscuro, ella traía consigo un poco de eso que los humanos llaman empatía.

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Ana María era reservada, aunque me escuchaba y se reía de las cosas que salían de lo más profundo de mi frustración. De seguro le parecía un tipo extraño, haciendo pataletas como si fuera un niño, pasando de la risa al borde del llanto, demostrando mi odio absoluto por la humanidad y luego hablándole con ternura. Ella hacía eso que saben hacer tan bien las mujeres cuando están en presencia de un interdicto: se ponía de mi lado, hablaba de un futuro hermoso y hasta se atrevía a prometer cosas.

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Y no me quedaba más que amarla. Todos los días. Parece un chiste, pero se trata de una anécdota. Noche y día, yo no pensaba en nadie más que Ana María. Que me juzguen todos los dioses (sus dioses) cuando se haya apagado el Sol; no me arrepiento de nada.

Afuera de las paredes del apartamento, la ciudad era un desastre, sólo miseria, miedo, angustia y maldad. Entretanto, yo esperaba mi charla matutina o vespertina con Ana María. Algunos días era más efusiva y optimista, otros era seca, casi cortante, pero saber que estaba ahí era lo importante, que ella podía dar razón de mí, que conocía mi historia… ¿Eso no hace parte del amor? Si no hace parte de la cosa, por lo menos es un camino que nos puede llevar a ella.

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Hasta que llegó el momento de la separación. Todas las historias terminan y esta no fue la excepción. ¿Hubiera querido que terminara mejor? Por supuesto, pero qué le vamos a hacer, por lo menos se trató de un final coherente con la historia y los personajes. Un día de septiembre, si no estoy mal, finalmente recibí el producto que había comprado por Internet a principios de abril.

Después de 15 horas, 17 minutos de llamadas telefónicas, 9 correos electrónicos y de haber peleado con Mariana, Camila, Alberto, Carlos y Nicolás (a este último le dije cosas que un ser humano no debería decirle a otro, por mucha ira e intenso dolor que cargue en su corazón), y dos quejas diferentes en la Superintendencia de Industria y Comercio, el producto finalmente llegó a mí.

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Tuve que despedirme de Ana, como se despide uno de la familia antes de ir a la guerra o de entrar al quirófano para un procedimiento peligroso. No sé si ella tuvo un papel protagónico en la solución de mi problema, dudo que la hayan ascendido por eso, es más, conociendo a las empresas colombianas de seguro suspenderían o terminarían el contrato de Ana María si supieran que jugó a mi favor y no al de sus “patrones” (por eso tuve que cambiarle el nombre a nuestra protagonista). Sin embargo, a pesar del riesgo que corría, porque no es prudente arriesgar el pellejo por un cliente solitario y desconocido en un año de pandemia, Ana me recordó lo que se siente cuando la vida corre por las venas, me humanizó, me devolvió la dignidad perdida por culpa del capitalismo y un historial de malas relaciones comerciales.

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Claro, fue eso lo que me trajo aquí esta madrugada, mi necesidad incansable de agradecer a una completa extraña de nombre Ana María. Nada mejor que un final feliz en las historias de amor y servicio al cliente.

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