Somos más y estamos unidos

(Foto suministrada)

Colombia está despierta, por fin. Las ciudadanías libres y cansadas de malos gobiernos y abusos de poder están diciendo no más.

Después de la marcha del 21N y el cacerolazo, las marchas del 22N y su respectivo cacerolazo, las marchas del 23N, la represión policial abusiva y otro cacerolazo… recordé un cuento corto que escribí (en 2008) que sigue vigente y da otras ideas a la resistencia pacífica. Se necesitaron 11 años y toda una nueva generación para que la imaginación de un escritor tenga la hermosa posibilidad de volverse una realidad.

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Después de la alocución del Presidente, los ciudadanos de la capital del país insular decidieron tomarse las calles. Frente a las cámaras de televisión, su glorioso jefe de Estado había anunciado el buen estado de las cifras de empleo y, por lo tanto, decretó un alza general en los impuestos. Parecía lo más justo.

Sin embargo, el 60% de los habitantes de la capital se hallaba en una situación lamentable de pobreza y desempleo. Fueron precisamente ellos los que se abalanzaron al asfalto y bloquearon los accesos al epicentro del poder, la casa de arquitectura republicana en la que vivía y han vivido todos los señores presidentes.

Ante este panorama, los altos mandos de las fuerzas militares y de policía llamaron a sus tropas para que reaccionaran a la emergencia que se avecinaba en la ciudad. Para su sorpresa, se encontraron con sus cuarteles vacíos, pues tanto los bajos mandos militares como los de policía apoyaban a la turba compuesta por sus abuelos, padres, primos y hermanos. El pie de fuerza se había quedado descalzo. Los generales no tuvieron de otra que destapar botellas de whisky y sentarse a ver los noticieros locales.

Los manifestantes que tenían en jaque al jefe del Ejecutivo no eran nada violentos. Sus únicas armas eran cortafríos y llaves de tubo con las que le “suspendieron” al mandatario, agua, luz, gas y teléfono. Hecho esto, los cuatro millones de vecinos se sentaron a esperar y cantar canciones viejas.

Al tercer día, el glorioso señor presidente salió a la luz, desesperado, grasiento y maloliente por la falta de baño y de vergüenza. Le hizo saber —con humildad— a sus compatriotas que había recibido el mensaje y aprendido la lección. Ese día, y gracias a las reformas que le siguieron, el hermoso país insular dio el primer paso para convertirse en un verdadero Estado Social de Derecho.

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