Sobre la escritura

«No entiendo a esa gente que le teme a la página en blanco. Si tanto los tortura escribir, no lo hagan…». Algo así dijo Martín Kohan en un taller de literatura, una mañana fría en Bogotá.

Con el paso del tiempo he llegado a pensar que “meter la pata” es el único acto humano que requiere de muy poco esfuerzo. La mayoría de errores o desgracias, en este mundo alrevesado, provienen de actos honestos y sinceros, como cuando se termina una relación de pareja, se renuncia a un empleo o se le dice la verdad a alguien que preguntó y decía querer una respuesta “sin filtros” respecto a alguna de esas cosas que lesionan el ego (con frecuencia se trata de cambios de estilo en el pelo o la forma de vestir).

“Meter la pata”, “embarrarla”, “fallar” o “cagarla”, es tan sencillo como existir, ser culpable como Joseph K. En El Proceso de Kafka. Escribir, por su parte, requiere de tanto esfuerzo como el acto mismo de vivir.

La página en blanco

Usualmente no se trata de “falta de ideas” o “inspiración”. La página en blanco obedece al miedo o a la falta de eso que enseñaban en los colegios privados, pero que hoy en día parece que nadie entendió por costosa que fuese su matrícula: “autoestima”.

Debido a esto, la persona en cuestión carece de arrojo, siente que no tiene nada por decir o que cualquier cosa que diga carecerá de importancia, como si existiera una jerarquía de temas o palabras a las que solo algunas mentes elegidas pueden acceder… como si escribir fuera en sí mismo un acto elitista reservado para aquel nombre que figure en las profecías.

La página en blanco, el bloqueo de escritor, no es otra cosa que la mejor excusa para no hacer nada.

¿Cómo romper la maldición?

Las respuestas son tautológicas del tipo “hay que empezar por el principio”, decir por ejemplo “para romper el bloqueo de escritor hay que romper el bloqueo de escritor”. No obstante, en alguna parte leí que Isaac Asimov dijo algo así como «Mi papá era tendero y nunca escuché hablar del bloqueo de tendero», que es una forma menos tautológica y con mucha más clase para decir lo mismo (es natural, Asimov era un hombre muy inteligente).

Así las cosas, para acabar con la página en blanco hay que escribir algo sobre ella, lo que sea, cualquier cosa es un buen punto de partida. Un verbo (“estar”) puede poner todo en movimiento de una vez, un sustantivo común (“tiburón”), un adjetivo (“ineluctable”), una conjunción como “O”, una interjección como “¡Ejem!”… Y la página no estará en blanco nunca más.

Las frases de cajón

Otro de los “debates” absurdos tiene que ver con las musas, con la inspiración. Al respecto, le atribuyeron a Picasso una frase que decía algo como «Si llegan las musas, que te pillen trabajando», una frase que posiblemente el pintor copió o robó de alguien más, a juzgar por la otra frase por la que se le conoce «Los grandes artistas copian, los genios roban».

Las frases de cajón siempre pueden llevar a discusiones de nunca acabar… Por ejemplo, decir que me han robado cuatro veces en mi ciudad natal, pero no he conocido en ella al primer genio. Ya sé que una cosa no tiene que ver con la otra, pero solo juego con este hilo de palabras encadenadas de izquierda-derecha y de arriba-abajo, en ese tejido que también puede ser la escritura. (Mato la página en blanco).

La escritura de ficción

A la hora de escribir ficción, la idea de una página en blanco o el bloqueo de escritor es todavía más absurdo en la práctica. (Cuidado, no he hablado de la calidad del texto escrito, eso es otra cosa). Aquella persona que desee escribir ficción, escribirá ficción si su deseo es verdadero. Volvemos casi a la tautología de cajón: “para escribir ficción hay que querer escribir ficción”.

Y la primera parte tiene que ver con el lenguaje. Stephen King, un escritor al que nuestros intelectuales quieren poco, dice que lo primero que se necesita es una caja de herramientas bien equipada (se refiere al dominio del lenguaje), es justo y necesario, sin eso no será posible describir y narrar con gracia.

Ahora bien, no se trata simplemente de bordar oraciones hermosas. Se trata también de decir algo, de montar una escena, y para ello no basta con dominar la gramática, se necesita también haber experimentado la vida y las artes (que son representaciones de la vida). Es el juego de las imágenes, la mayoría de historias parten de ellas.

Si digo “tiburones”, se me pueden venir diez mil posibilidades a la cabeza, desde películas como Sharknado, las pocas ganas que tenía de ir al mar por miedo a los escualos, el capítulo de Moby Dick en el que un tiburón herido se come sus propias entrañas que le salen por una herida en el abdomen, una canción de Proyecto uno, y un par de ciclistas profesionales como Víctor Hugo Peña o Vincenzo Nibali. (O claro, ir a la fija con la película de Spielberg y la banda sonora de John Williams).

Ese primer paso, el de seleccionar imágenes, es casi tan sencillo como “meter la pata” un día cualquiera, la diferencia es que el acto de escribir algo coherente con esas imágenes requerirá mucho esfuerzo y tiempo. Pero la página en blanco o el bloqueo de escritor ya no podrá ser una excusa para no intentarlo.

Este texto era una introducción burda sobre la escritura, ya habrá tiempo para continuar con el tema.

Ilustración: de nuevo conté con la colaboración de Daniela Velasco (@danyfloid en Instagram).

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