Repaso a Tomás González

Esto no es una reseña.

Conocí la obra de Tomás González leyendo “Abraham entre bandidos”, me gustó su estilo, la forma en que sus personajes cobran vida y los paisajes que el autor pinta con naturalidad para que uno se sienta caminando por el monte colombiano. Alguien de confianza me dijo «Este man es el mejor escritor colombiano vivo», luego vinieron otros chismes de escritores, que siempre serán divertidos por lo anecdóticos, más que por sus posibilidades de veracidad: 

Me dijeron que el tipo emigró a Estados Unidos y trabajaba en un bar en Nueva York, un bar de salsa para más señas, y que era un barman que escribía en su intimidad… hasta que un día le mostró algo a alguien y fue “descubierto” y lanzado al estrellato, incluso que su “golpe de suerte” fue algo tardío. Repito, son chismes y uno hace lo que se hace con ellos, se impresiona, se sorprende y los replica hasta que alguien desmienta todo dejando al chismoso en ridículo.

Después de leer a Tomás González, me convencieron su prosa, el ritmo narrativo y la voz de los personajes, siempre tan cercanos y de un mestizaje marcado, algo así como el café negro endulzado con panela acompañado de arepa esperando en la mesa de una casa donde conviven un televisor de 50 pulgadas y un par de gallinas en el patio, ese tipo de “hibridación cultural” (como por recordar esas clases lejanas de Comunicación social) tan colombiana y latinoamericana. 

Y el monte. 

En los tres libros que he leído del autor el monte (la naturaleza para la gente delicada) o el mar son parte fundamental de todo lo que sucede, descripciones precisas y un espíritu contemplativo de la inmensidad de la naturaleza del trópico que en Colombia (como casi todo lo que aquí se manifiesta) resulta agresiva. Insisto, no es barroquismo como se pudiera sentir a ratos en la obra de Alejo Carpentier donde el Caribe se desparrama como la leche olvidada sobre la estufa. No. La presencia del monte en la obra de Tomás González tiene un espíritu contemplativo.

Tomás se la pasa meditando y vive como un monje budista en una finca cerca de un pueblo de Cundinamarca, está a punto de alcanzar el Nirvana. Dijeron también las lenguas creativas de los escritores chismosos. Eso parece más creíble cuando uno lee títulos como “Luz de luna sobre el agua oscura”, “Playa silente”, “Brisa, flores”, “Mujer que sale por la ventana”, “La casa en llamas” o “Mar sin orillas” para algunos de los cuentos que se encuentran compilados en “El expreso del Sol” (Seix Barral, 2016).

Hay un espíritu de haikú trasgresor de la métrica en todo el asunto: 

Playa silente,

luz de luna sobre el agua oscura;

la casa en llamas. 

Y apenas hablamos de los títulos. En “El expreso del Sol”, González nos muestra las distintas caras, todas duras, de la vida de hombres, mujeres y niños (y perros). La tía moribunda con poderes sobrenaturales, su propia versión del Macario de Rulfo que va a matar un perro porque le mordió, enfermeras con carácter suficiente para manejar a médicos y pacientes, y la locura en la que caen las familias cuando se trata de darle gusto a un viejo patriarca al que le ha picado la demencia. 

En mi último semestre de maestría en la Universidad Nacional de Colombia (por allá en 2014) pude conocer a Tomás González en persona, tuvimos una charla amena sobre “Temporal”, otra de sus novelas. A diferencia de lo que decían los chismosos, Tomás no paró de hablar y fue un personaje muy fácil de entrevistar por parte de la clase. Fue uno de esos casos (no tan frecuentes) en los que conocer al autor es casi tan o más grato que leerlo. Siempre estará en mi lista de lecturas y siempre he de recomendarlo.

Anécdota final: en 2014 me gradué de la maestría con un libro de cuentos titulado “La Ruta del Sol”, por eso cuando apareció publicado “El Expreso del Sol” no tuve más remedio que rebautizar mi manuscrito. Así las cosas, y como una “coincidencia conspiranoica”, me atrevo a decir que sin Tomás González no habría existido mi libro “Lluvia sobre el asfalto”. 

No está de más mostrarme agradecido. 

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