Navidad, ______ navidad

En el primer semestre de mi primera carrera escribí un trabajo sobre el suicidio. Al finalizar la clase, la profesora pidió que me quedara y preguntó si “todo andaba bien”. Tuve que esforzarme para no reír y contestarle que todo andaba de maravilla.

Para entonces tenía pelo abundante en la cabeza y no me dolían las rodillas, tenía hermosos dieciocho años, energía de sobra, diez kilos menos y “la vida por delante”. Me pareció ridículo que alguien pensara que escoger un tema como el suicidio para un trabajo de Antropología podía ser un claro indicador de que estuviera pensando quitarme la vida. Nos burlamos de la idea con dos amigos mientras tomábamos cerveza y fumábamos Marlboros como campeones en el bosque del campus. Eso fue hace 17 años.

Algunos psiquiatras están de acuerdo en que diciembre es uno de los peores meses del año en materia de tristeza. Es paradójico que una época tan iluminada, de tanta supuesta alegría y unión familiar, sea la favorita de algunas personas para decir “Ya vengo” y volver en forma de una llamada del CTI de la Fiscalía (generalmente los 25 de diciembre o primeros días de enero).

Resulta que el eje octubre-noviembre-diciembre es el peor del año en un país como Colombia. A partir del equinoccio de otoño, comienzan las tribulaciones sobre la vida y las crisis existenciales aparecen con fuerza, engordan para Halloween y el primero de diciembre se encienden junto con el arbolito.

Las reflexiones alrededor de “un año que llega y otro que se va” pueden tener efectos desastrosos: se acaban algunas relaciones de pareja, otras empiezan para evitar la soledad, se piensa en renunciar al trabajo, adoptar un gato, cambiar de domicilio, cortarse el pelo o cualquier otra cosa que implique dar un nuevo rumbo a una vida que parece a la deriva. Un año más, un año menos, el 31 de diciembre en el calendario hace innegable, hasta para los optimistas, que nos acercamos a la muerte. El tiempo funciona así, nada puede hacerse al respecto.

Vivir implica sufrir, quien haya vivido lo tiene muy claro, estamos expuestos al dolor cada vez que optamos por la vida. ¿De qué otra forma podríamos amar a alguien sin bajar la guardia y exponernos al dolor de su ausencia? Cualquier madre, hijo o amante entiende que el dolor es inevitable. La gente cambia, la gente se va, la gente muere. O en el tema puntual de esta reflexión, la gente decide quitarse la vida.

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Oodi, Helsinki (FIN)

Mientras escribo estas letras me encuentro sentado en una de las bibliotecas contemporáneas más bonitas que conozco, Oodi, en Helsinki. Este año, por segundo consecutivo, Finlandia fue reconocido como el país más feliz del mundo, según Naciones Unidas (Colombia ocupó el puesto 37, después de España), sin embargo su tasa de suicidio sigue en 14,96% por cada 100.000 habitantes (la de Colombia es de 4,74%). Otra de esas paradojas que nos ofrece el mundo actual.

Las razones para suicidarse de un finlandés son muy diferentes a las de un colombiano. Todas válidas, respetables y comprensibles. Puntualmente me interesan dos: las enfermedades mentales y el consumo de alcohol. En la primera se asocia el suicidio a un trastorno psiquiátrico precedente: esquizofrenia, depresión, psicosis, trastorno maniaco-depresivo, entre tantos otros. En la segunda, el consumo de alcohol opera como detonante de lo que se denomina “suicidio impulsivo”. De la misma forma en la que un borracho decide orinar en la acera, al parecer, un borracho decide irse a limpiar la escopeta de caza a las tres de la mañana.

El último reporte sobre enfermedades mentales en Colombia arrojó que un 40% de la población padece algún tipo de trastorno mental (en un país donde está mal visto “hacerse ver de un loquero”). Para completar el panorama, el consumo de alcohol en diciembre se dispara, es socialmente aceptado empujarse unos tragos en la oficina al finalizar la tarde y alicorarse en todas las novenas y reuniones familiares o con amigos. El alcohol es casi gratis en diciembre.

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8:30 am, Helsinki (FIN)

En Finlandia, en una aldea que lleva por nombre Korvatunturi, supuestamente nació Papá Noel, el original, no el de Coca-Cola. Los finlandeses se reúnen en familia para la Navidad: cantan, cenan, se abrazan (algo no tan común en Escandinavia) y parecen ser felices por una noche especial de regalos, amor y alegría. En Colombia se arma la fiesta desde noviembre y se bebe y se come y se arma la rumba hasta el 10 de enero del año siguiente porque se enlaza con decenas de ferias de pueblos o ciudades.

¿Cuál puede ser la razón para que un finlandés, en el país más feliz del mundo quiera quitarse la vida más que un colombiano en el país “democrático” del Grupo Aval? Una de las respuestas puede estar en el clima: en Helsinki la temperatura promedio del 24 de diciembre es -10 grados, se ilumina el día a las 10:00am y oscurece a las 2:00pm, eso sin duda aumenta la tendencia a la melancolía; en Colombia todos los días son días de verano.

La otra razón puede residir en la formación, en la cultura, a los finlandeses les dicen que deben ser fuertes si tienen un problema, que deben resolverlo por ellos mismos sin molestar a nadie más; los colombianos enteramos de nuestros problemas a todo nuestro círculo de amigos, a la gente de Facebook, una familia extensa, el portero del edificio, una persona que acabamos de conocer en el bar, un taxista que se olvida de cobrar el recargo por consulta psicológica.

De esa forma, el antídoto para la tasa de suicidios puede estar en la empatía humana (últimamente parece que todos los remedios para los males del mundo residen ahí), acercarse a otros cuando estamos tristes, permitir que alguien triste se acerque a nosotros y escucharle en innumerables casos extiende y mejora nuestro paso por el mundo. No obstante, ahí aparece un nuevo problema de esta época, muy marcado en Colombia: poco sabemos escuchar. Estamos siempre tan necesitados de un escenario que ya casi nadie le presta atención real y sincera a nadie, ni siquiera cuando leemos porque existe ahora una tendencia marcada a replicar y llevar la contraria mucho más fuerte que las ganas de reflexionar y comprender lo que se acaba de leer.

Los finlandeses son tímidos, no buscan ayuda y se suicidan (14,96%). Probablemente los colombianos, menos tímidos, busquen hablarle a alguien pero rara vez son escuchados y se suicidan (4,74%). Tal vez necesitamos un intercambio de pacientes, que los finlandeses viajen a Colombia y aprendan a hablar de sus problemas; que los colombianos se trasladen a Finlandia y aprendan del silencio, de la oscuridad, de la tranquilidad con que un finlandés escucha todos tus problemas, da una bocanada al cigarrillo y dice Se on elämä (es la vida).

Notícula: por estas fechas llame a sus amigos y familiares e invíteles un café, un té, un agua aromática. Hablen y, si son de los que dan regalos navideños, regálense oídos atentos. Hay que reaprender a conversar, reaprender a abrazarse (sin caer en las boberías de “regalar abrazos” por la calle). Por último, va siendo hora de bajarle al consumo de alcohol, resta más de lo que suma en el corto, mediano y largo plazo…

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