Escalpelo

Del lat. scalpellum

  1. m. Med. Bisturí afilado, liviano, letal, frío, agudo, certero. Es un arma de destrucción y una herramienta de reparación. No se puede guardar en el bolsillo.
  2. m. Med. “Bisturí de mango fijo y hoja estrecha y puntiaguda, con filo por uno o ambos lados, que se usa principalmente en disecciones y autopsias”.

Tienes diecinueve años. La gente mayor que tú dice que estás en la mejor etapa de tu vida, que nunca vas a tener tanta energía como ahora, que nunca las carnes van a estar tan firmes, la piel tan tersa, o el pelo tan grueso y brillante. Pero no lo crees así; sufres de cansancio, te ves flojo y feo en cualquier espejo, el acné se acuerda de ti por lo menos una vez al mes.

—Usted es un cobarde. Admita que le da miedo ser hombre, ¿para qué me dice que me ama si es pura mierda?

Ella, mayor que tú, ha estado aprovechándose de tu juventud, te manipula cada vez que puede, conoce tus puntos débiles. Te domina. Con ella has aprendido cosas que, según pensabas, sólo pertenecían al mundo de la pornografía. Después de oleadas de sexo y borracheras de oxcitocina y endorfinas, has puesto  la mirada en el techo estucado, buscando figuras que predigan el futuro. Pero no hay nada, nada distinto  a una habitación de mujer soltera en sus treintas: un tocador con un mundillo de collares y pañoletas colgando de una esquina, un corcho con fotografías de ella cuando tenía tu edad, algunos dibujos hechos por sus hijos, un televisor fuera de tiempo y una biblioteca cargada de libros interesantes.

—Necesito saber si alguna vez me amó.

Así, con los ojos hinchados por el llanto, por primera vez notas que es mayor, que hay una diferencia enorme entre ella y tus compañeras de clase en la universidad. No ha dejado de ser hermosa, tampoco has dejado de desearla, simplemente empiezas a entender lo que te dijo tantas veces sobre la diferencia de edad. «Usted me va a cambiar por una peladita, estoy segura». Y tú lo negaste, una y mil veces, «A ninguna de ellas le parezco atractivo… no me consideran potable», dijiste, «Con usted puedo hablar cosas que a esas estúpidas no les interesan. Con usted soy feliz». Y ella creyó todo. Se revolcaron dos y tres veces más sobre las sábanas, sin pudor alguno.

—No me deje. Se lo pido por favor, no me deje. Yo hago lo que usted quiera.

Se humilla, ¿debería ser doloroso para ti también?, pero no sientes nada, si acaso algo de vergüenza ajena. Cómo llegaron a este punto en el que ella, a quien creías inteligente y madura, se arrastra por el suelo sin dársele nada. Todo parece absurdo, irreal. Ella sigue llorando y pidiendo explicaciones inútiles y tú sólo quieres salir de ahí, ir a tu casa, estudiar para un examen, pasar a otra cosa.

—Es mejor así— dices—, usted sabe que es mejor así. Si quiere podemos ser amigos.

Te mira y ves algo que desconocías en sus ojos enrojecidos: te odia. Te marchas. No la vuelves a ver y cuando finalmente se encuentran por la calle haces como que no existe. Ella responde de la misma manera o, quizás, no te reconoce porque has crecido y cambiado tus rasgos juveniles por los de un hombre adulto. Pasan de largo como si fueran personajes secundarios de un sueño viejo.

***

—¿En qué piensa?

Quieres contestar, decir que en nada mientras acaricias su pelo largo y negro. Hay algo en su olor que te vuelve loco. Evades la respuesta. Hablas de otras cosas, de tu trabajo, de tus planes, del excesivo cobro que te hizo la empresa de energía eléctrica el mes pasado. Ella ríe, se queda viéndote con sus ojos grandes, cristalinos.

—Yo lo amo —te besa—. Usted no se imagina lo feliz que me hace. Cuando estoy con usted me siento en vacaciones y cuando me tengo que ir se siente horrible.

Y te besa cinco veces más. Y aunque parezca mentira, estás listo para hacer el amor de nuevo, algo casi inimaginable a tu edad. Es un error. Desde el principio fue un error, pero no importó nada y ahí estás, admirándola mientras se mece encima tuyo; pierde el ritmo, se excusa en su falta de experiencia, la tratas con cariño, le dices que es la mujer más hermosa del mundo, sonríe y amenaza con creerte. La piel, los senos, el vientre plano, blanquea los ojos excitada y el rubor en sus mejillas te hace sentir especial. Ella termina (algo que no deja de sorprenderte), se queda viéndote como si viera a un cachorro y se deja caer sobre tu pecho. 

La abrazas.

—Lo amo demasiado. En serio que sí, no me vaya a dejar nunca.

Clavas los ojos en el techo. No hacen falta figuras porque conoces el final. Desde el primer momento perdiste la empuñadura y estás de pie con el vientre contra el lado que corta. Ella todavía no lo sabe, pero más temprano que tarde se dará cuenta. El techo tiembla, nublado por las lágrimas en tus ojos. Sientes su respiración en sincronía con la tuya. Te concentras en el olor de su cuerpo desnudo. No puedes evitarlo.

—Usted no me ama. Usted cree que me ama. No es lo mismo.

Ella se ríe y te besa, piensa que es otra de tus ocurrencias, esas cosas que dices a veces y que para ella son cosas de gente mayor. Sabes que estás perdido.


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