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  • septiembre 9, 2021

Casi un paseo

Estuve en un campo de tiro en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme. El relato funcionaría con precisión suiza si hablara de un sueño, pero todo lo que escribo aquí es tan cierto como algunas pesadillas.

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Vamos cuatro en el auto por una carretera que se pierde entre potreros infinitos. Ninguno de los cuatro podría llamarse una “persona blanca”, de hecho, somos un difuminado del castaño al rubio bien claro, nombre engañoso éste último. Vamos cuatro en el auto alejándonos de la ciudad, donde se hace un mejor intento por respetar los derechos humanos y parecer una democracia, la más importante del mundo, según dicen cada vez que ponen la bandera en algún país extranjero con pintas de caer en las “garras” del comunismo o el islam.

La idea es simple, disparar armas de fuego; porque es posible, porque es “nuestro” derecho sagrado de acuerdo con la segunda enmienda de esa constitución escrita para que hombres y mujeres persiguieran y encontraran la felicidad. Disparar armas de fuego, para entender de qué va ese asunto, las mismas armas que causaron, causan y causarán tragedias y lamentaciones.

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Volvamos al auto, porque a medida que los carteles se vuelven más belicosos y peligrosamente racistas, recordamos que nos dirigimos al mismo sitio donde van los defensores del porte de armas a probar sus AK-47, donde las camionetas tienen stickers que dicen “TRUMP 2024” o “Si no estás detrás de las tropas apoyándolas, deberías ponerte delante de ellas” (es más corto y violento en inglés). Vamos, disparamos y nos largamos, es la idea general ante el miedo creciente.

¿Cuál es el miedo? Este lugar en el que nos encontramos es famoso por los tiroteos, por el racismo, las invasiones no solicitadas allende los mares y una larga lista de asesinos seriales, entre muchas cosas no tan malas y algunas hermosas como los libros de Melville o Whitman, la voz de Ella Fitzgerald, o la NASA, entre otras tantas. Así bien, la posibilidad de que un psicópata armado decida balear a cuatro “nonwhiteamericans” y prenderle fuego a su auto con los cuerpos adentro no es simplemente un episodio posible de CSI. “Vamos, disparamos y nos largamos… pero si vemos una bandera confederada nos devolvemos inmediatamente”, nos repetimos como para poner un límite.

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La gente pro-armas puede ser divertida a ratos, incluso amigable, de todas formas estamos pagando por la experiencia… Escogemos una Glock 22 similar a la que usan los policías en algunos países de Latinoamérica. Balas de 9mm, compramos 48, las entregan en una bolsa ziplock, como cuando se compran dulces en una tienda. Una bala vale un dólar, una bala puede destruir a varias familias y vale menos que subirte a un taxi en Colombia, “Antes del Covid valían 15 centavos, ¡Maldita pandemia!”, dice el tipo que las vende como excusándose. La pandemia incrementó la compra de armas y municiones en este país del que estoy hablando, de modo que el mercado determinó que una vida (o una bala) subiera de precio.

Un excombatiente de Afganistán nos explica cómo poner las balas en el cargador y cómo usar la pistola para que no nos vaya a pellizcar ese espacio entre el dedo índice y ese pulgar que nos hizo “superiores” a los otros mamíferos. El hombre nos enseña con la paciencia con la que enseñan a los bebés a usar una cuchara, al fin y a cabo es casi más sencillo disparar un arma que usar con elegancia una cuchara.

Y disparamos. Uno, dos, cuarenta y ocho tiros. Nos vamos rotando, hablando a los gritos porque los tapones en los oídos (dios no quiera que la experiencia nos haga perder un decibel) nos impiden escuchar bien. Hasta que ya no quedan balas en la bolsa. Cada vez que el martillo de la Glock hace estallar la pólvora para que el plomo vuele a chocarse con las latas, voy pensando en que bien podría chocarse con un cráneo o una rodilla humanas, con el costado blando de un perro, con el ojo hermosísimo de una vaca. Acabar con la vida es tan sencillo y casi apático como deslizar el índice en el gatillo.

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Volvemos los cuatro en el auto, pero no soy el mismo, no salgo ni saldré nunca de mi asombro. No era la primera vez que disparaba, nací y he vivido en Colombia, siempre hay alguien con un rifle en alguna finca, siempre está la pistola de alguien que estuvo en Corea, o en el Sinaí, o en el Caguán, o en el Catatumbo… porque el mundo esta lleno de armas y de balas. Era la primera vez que disparaba un arma con plena conciencia (“uso de razón” si se quiere) y entendía la fragilidad de la vida; es más difícil utilizar una de esas cafeteras nuevas y elegantes que halar el gatillo de una Glock de policía.

La humanidad sigue perfeccionando el armamento, haciéndolo más amigable, liviano, preciso, asequible para todos y todas. Hace tiempo que cazar animales para sobrevivir al invierno dejó de ser una necesidad, no tenemos depredadores que estén buscándonos para aniquilarnos (históricamente los mosquitos han sido los principales culpables de muertes humanas), de modo que esas armas de fuego terminarán usándose para lo que mejor sirven: amenazar, herir o matar a otros seres humanos… por sus ideas o creencias, por su color de piel, para quitarles un celular o unos billetes, o un pedazo de tierra.

A pesar de que la carretera era recta y estaba bien pavimentada, todavía tengo unas ganas terribles de vomitar.

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